MIs vecinos de arriba
Hace un par de meses me mudé a uno de esos edificios nuevos. Reluciente, con amenities. Uno de esos lugares en los que parece que todo el mundo rebosa de felicidad con la adquisición de su inmueble a estrenar, moderno e inmaculado. Todo 0km, un buen lugar para comienzos nuevos.
Vivimos acá algunos solteros en departamentos de uno y dos ambientes, algunas parejas en departamentos de dos ambientes, algunas parejas con visión de futuro en departamentos de tres ambientes, algunos matrimonios con nenes chiquitos también en tres ambientes y unas pocas familias en algunos departamentos que son más grandes y que ocupan los últimos pisos.
Yo vivo sola en uno de dos ambientes, soy la clase media del edificio. Un lindo y luminoso dos ambientes sin cochera que pienso ocupar la mayor parte del tiempo sola pero que tiene espacio y aire para que de vez en cuando seamos dos. Sobra para una noche, alcanza bien para unos meses y no da para estabilizarse demasiado con nadie. Es bien para mi, da para empezar algo y, como es alquilado, siempre se puede dejar sin culpas para buscar nuevos horizontes.
En el piso de arriba, según pude averiguar el día que sus plantas chorrearon sobre mi balcón, vivía una pareja. Lo supe porque el seguridad me dijo cuando llamé para ver cómo contactarlos por el portero eléctrico-teléfono-interno que “se acaban de ir de fin de semana”.
Hace como dos semanas yo pasaba por un breve período de insomnio, provocado por la vuelta inesperada de un casi amante que nunca debería haber vuelto. Eran como las dos de la mañana y daba vueltas en la cama pero de a poquito iba logrando conciliar el sueño. Hasta que de pronto escuché un llanto de mujer, uno de esos llantos ahogados, bien de las dos de la mañana. Me despertó. Lo que se escuchaba era la voz pausada de un hombre que argumentaba y una mujer que lloraba casi a los gritos cuando era su turno de hablar. Silencio. Voz de hombre. Llanto. Silencio. Pasos. Llanto. Voz de hombre. Pasos para el otro lado. Llanto. Silencio.
Claramente era una ruptura. Tenía toda la melodía de una ruptura porque no se escuchaba el tono de nadie queriendo convencer a nadie ni de nadie queriendo seducir a nadie. Ni tampoco se escuchó después ningún ruido que tuviera que ver con los sonidos de una reconciliación.
Yo pensaba que se acababan de mudar, seguramente con muchas expectativas, y no quise imaginar qué los había llevado a esa fea pelea de madrugada.
Supe sí que eran mis vecinos de arriba porque la ubicación del dormitorio coincide exactamente con la mía y porque los del mismo piso que tienen el dormitorio cerca tienen un nene chiquitito, es imposible que ella llore así sin despertarlo y no hubo ningún llanto de bebé.
En las dos semanas siguientes me dediqué a prestar atención a los pasos que provenían del piso de arriba. Son pasos firmes, de mujer, con tacos. Siempre como a las 12 se escuchan esos pasos camino al dormitorio. Pasos con enojo, pesados y rápidos.
Hoy a la tarde, al mismo tiempo que yo decidía liberarme de la historia que me trajo insomnio, escuché como alguien movía muebles en el piso de arriba. Alguien redecoraba, decidía que el sillón no va así sino así y que la mesa va para este lado.
No se porqué mover muebles o comprar una biblioteca significa siempre el principio de algo nuevo pero sin pensar en eso, ayer llamé a un amigo de un amigo que conocí en una fiesta y que se dedica a hacer muebles. Viene mañana.

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